Si hay algo que les
quita sal a las relaciones de pareja es la rutina. Por excitante que
sea al comienzo la actividad bajo las sábanas, si no se le pone algo de
picante, esta puede acabar pareciéndose, con el tiempo, más a una
tarea. Dicen los que saben que las parejas de larga duración
acaban comportándose casi como hermanos, en
una fraternidad que empuja a la búsqueda de sensaciones en otras camas.
En este punto debo decirles que los únicos
responsables, mis amigos y amigas, son los miembros de cada pareja. En otras
palabras, la pérdida del gusto por los polvos no depende del tiempo que pasen
juntos, sino de su falta de capacidad para innovar.
No se trata de aprender de memoria y poner
en práctica cada posición del Kamasutra, ni de forzar las cosas o salirse del
marco que alberga aquello que llaman 'normalidad'. Me explico: hacerlo en
pelota en la calle, usar juguetes raros o invitar a un tercero, dizque para
ponerle color a la faena, no solo no es excitante para muchos, sino que puede
llegar a ser traumático.
La verdad es que no hay nada misterioso en
innovar. Cuando se quiere cambiar y hay ganas, basta dejar la cama y hacerlo en
el tapete, en el sofá o en la casa de alguien más; o acariciar atrevidamente al
otro a escondidas o por debajo de la mesa. ¿Qué tal de pie y detrás de la
puerta o lanzarse a un emocionante 'rapidito', en el que la ropa solo descubra
lo necesario?
Todo eso puede darle el toquecito de
pimienta a una relación. Claro está que para llegar a eso se requieren ánimo y
complicidad, un mínimo interés y la intención de sacarle gusto a un polvo,
incluso después de diez años juntos.
También es vital mantener vivo el propósito
de querer seducir al otro, de provocarlo. Por ejemplo: a mí nunca me fallan mis
tacones de fiesta ni un babydoll como única prenda... Él se muere. ¡Hasta
luego!
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