Qué bueno es saber que
aún quedan adultos que en la cama se comportan como adolescentes.
Créanme que esto, que suena ridículo, puede ser muy excitante, sobre todo
cuando uno es el protagonista. Deslizar las manos a manera de caricia en alguna
zona prohibida, resistirse a ellas cuando las ganas gritan que adelante,
insistir en el coqueteo, fortalecer la seducción, incluso sin
quitarse la ropa, y jugar con las almohadas
en la cama son ingredientes válidos a cualquier edad.
Jugar con las palabras, soltar de vez en
cuando un "te quiero" o escaparse lejos del entorno cotidiano para
darle otro sabor al 'aquello' parecería cursi, pero a la hora de la verdad es
mucho más que una pizca de pimienta contra la rutina. Nada más aburrido que un
polvo programado, lleno de formalismos y enmarcado en una supuesta madurez, que
si acaso recuerda la utilidad el departamento inferior del cuerpo y no es más
que un petardo contra el estímulo y una cerradura que impide que los orgasmos
genuinos entren a la cama.
A estas alturas, quizá esté pensando que
esta nota raya en la mojigatería y en la idealización de las tareas en la cama.
Pero de vez en cuando sirve recordar que más del 40 por ciento de las parejas
que se dicen estables ni siquiera se quitan la ropa a la hora del sexo. Y esto
sí da miedo: a más de la mitad, apenas si se les escapa un gemido -y muchos
serán causados por calambres de la pura falta de costumbre-. Eso, sin contar
que solo uno de cada cuatro señores regalan una caricia previa y que una de
cada dos de nosotras no sabe lo que es un orgasmo. Esa es la verdad.
Por eso no sobra dedicar unas líneas para
insistir en que la calidad de los polvos depende, en gran medida, de cosas que
están por fuera de la cama y retiradas del equipamiento genital; depende de
palabras y 'tontadas' que se van perdiendo con el tiempo, al punto de que es
difícil invitarlas de nuevo a que se acuesten con nosotros. Mejor dicho,
regálense un tiempo, vuelvan a ser adolescentes, no le teman a la cursilería,
traten de hacerlo detrás de una puerta, prueben a salir de la ciudad un día
entre semana, compren condones de colores o, por qué no, atrévanse a hacerlo
algún día con los tacones puestos. Les juro que es delicioso. ¡Hasta luego! ESTHER
BALAC Para EL TIEMPO
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